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Fiestas de toros en Hermosillo


Según diarioinformacion.com, el acontecimiento se hacía de esperar.

En Hermosillo, capital del Estado de Sonora, famosa por su desierto y sus playas, se celebraba estos días el evento anunciado que, según dicen los entendidos, es la segunda corrida de la historia de esta localidad de un millón de habitantes, huérfana de un espectáculo que algunos consideran tan noble como los toros. Me lo contaba el taxista que me llevaba a la Universidad.

Estaba alborozado, pues en él la afición le hacía recordar, como si hubiera estado en ellas, las corridas que le contó su padre, las de Tlaxcala y, sobre todo, las de la ciudad de México en los años 40, con aquel Manolete que, en la Monumental de esa ciudad, realizó algunas faenas que quedan en la memoria. Me hablaba apasionadamente de que por fin el espectáculo llegaba a Hermosillo, que no tenía plaza, pero que iba a alojar su corrida en el espacio del rodeo, a la espera de que la afición consiguiese una plaza de toros desmontable para perpetuar los eventos.

Me explicaba, («no se crea usted que no hay afición; hay tanta como en la madre patria») que en el D.F. estaba la mayor plaza del mundo, la Monumental, con su aforo de más de cuarenta y cinco mil asistentes.
Mi interrupción no se hizo de esperar. No me gustaban los toros y, cuando era niño y me llevaron a una corrida, estuve todo el tiempo de parte del animalÉ una mirada de reojo desde el espejo retrovisor me advirtió de que me observaba como a un raro, como se mira a un ser del que esperabas otra cosaÉ no, no enarbolé la frase «la tortura, no es arte ni cultura», para no encrespar los ánimos de aquel mexicano apasionado con el arte de cúchares.
El día sucesivo, un canal televisivo local presentaba a un empresario ufano de ser él quien iba a traer otra vez los toros a Hermosillo. Era el propietario de una empresa llamada «Comercializadora Taurina», con sede en Tlaxcala. Llevaba sus espectáculos a muchos sitios, a la Monumental, a Tijuana, a MexicaliÉ y tenía la suerte de contar como central esta vez al rejoneador español Pablo Hermoso de Mendoza, que iba a ser acompañado por dos toreros mexicanos, como Gastón Santos, «el centauro potosino» y la «nueva revelación del toreo» Fabián Barba. Pero Hermoso de Mendoza, el navarro, era el que a lo largo de veinte corridas en México iba a demostrar de nuevo que era «Desde España el Mejor Rejoneador del Mundo», según decían los carteles con sus mayúsculas reverenciales y referenciales.
Intentaba demostrar cultura aquel empresario para quien, según decía, el toreo a caballo había comenzado en la época del Cid Campeador, por acción del mismo héroe. Pensé en el mal histórico que las famosas quintillas de don Nicolás Fernández de Moratín habían hecho al de Bivar, recordado en México por aquel episodio que el mal poeta neoclásico había inventado en sus «Fiestas de toros en Madrid», con aquel momento clamoroso en el que los moros se ven atemorizados por la fiereza de un animal y huyen en el coso, hasta que llega un caballero cristiano que pide la venia para intervenir y, claro, dirá luego la esclava Aldara: «ese doncel que ufano,/ tanto asombro viene a dar/ a todo el pueblo africano,/ es Rodrigo de Vivar,/ el soberbio castellano». No sabía el empresario jactante que el episodio fue un invento del viejo Moratín, negado en su realidad con rigor académico e ingenua pasión cidiana por don Ramón Menéndez Pidal.
De todas formas, ya teníamos en Hermosillo no sólo la corrida, sino la antigua tradición española, nada menos que la del Cid, a propósito de la fiesta mexicana y nacional. Me faltaba este dato para entender un poco más la dinámica cultural de la Frontera, o sea, para no entender nada de este cruce de culturas en la que lo mexicano contiende con lo norteamericano, en la que el inglés recorre nombres de establecimientos, marcas, alimentación, en la que contienden el alma del «hot dogs» (frecuentes puestos en la calle ante la Universidad) y la oferta de tacos y quesadillas. Luego está el viaje a la Bahía de Kino, lugar espléndido de abrumadora belleza cuyo mar, al atardecer, se pone de color bermejo, que es el otro nombre, «Mar Bermejo», con el que se conoce desde el siglo XVI al «Mar de Cortés». Y están las noches de Sonora con mariachis, taquerías espléndidas donde se habla hasta el amanecer con el último reposado, encuentros sorprendentes en un congreso en donde me enseñan, entre tantas cosas, lecturas nuevas de una escritora que me interesó tanto como Elena Garro, pujante esfuerzo universitario para salir del mal de la Frontera. Hablo el último día en una plenaria que le dedico al dominicano Pedro Henríquez Ureña: hablo de su tiempo mexicano, español, estadounidense, argentinoÉ hasta enlazar con un mensaje que daba siempre en su esfuerzo cultural denodado por rescatar la cultura hispanoamericana: «Entre tanto hay que trabajar con fe, con esperanza todos los días. Amigos míos: a trabajar». Creo que la frase de don Pedro no fue predicar en desierto.
José Carlos Rovira es catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Alicante.

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